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Julián DíezNovedades atractivas
La selección del mes
Julián Díez


Juan Miguel Aguilera
Rihla

La utilidad de las herramientas de la cf

Rihla

Obviamente, no existe una competencia, así como tal, entre los escritores españoles surgidos del fandom. Pero sí resulta significativo que el nivel de calidad de todos ellos esté creciendo de la mano, como siguiendo una ruta de superación colectiva. Seguramente, fruto en primer lugar de su propia evolución personal: la generación de los ochenta está ahora en la cuarentena, ya segura de sí misma, con las armas literarias bien afiladas. Pero, quizá, también en parte como consecuencia de que el fandom -denostado y abominable en muchas ocasiones; generalmente, no por sí mismo, sino por la actitud en su seno de personas que igualmente serían problemáticas en cualquier otra actividad- tiene sus aspectos positivos. Por ejemplo, el de servir de fermento para la creatividad: mantener a los escritores en contacto, motivarles, brindarles la posibilidad de compartir experiencias comunes. Tal vez, también, competir, ver las fronteras alcanzadas por los otros y sentirlas como barreras que cada uno puede a su vez romper.

Sea como fuere, en los últimos dos años vemos como la mayor parte de los escritores "consolidados" de la cf española han lanzado órdagos memorables dentro de su producción. Empezó quizá Elia Barceló, apostando por una fantasía contemporánea, de corte personal, en las sucesivas El vuelo del hipogrifo y El secreto del orfebre. Javier Negrete abrió la veda en Minotauro con una fantasía más tradicional, de impecable acabado, como La espada de fuego, con excelente acogida del público. Rodolfo Martínez reivindicó -¡al fin!- este año que su obra puede alcanzar niveles de calidad indiscutibles en distancias largas con El sueño del rey rojo, que se sumó a la recuperación de un título francamente valioso como Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos. José Antonio Cortina, Santiago Eximeno y Víctor Conde han aportado sangre fresca a esta competición, a la que no está ajena tampoco la recuperación global de la obra de Ángel Torres Quesada o la presencia de nuevo continuada en las librerías de Gabriel Bermúdez Castillo. Es una suerte de carrera -a la que pronto se sumarán Rafael Marín o Joaquín Revuelta- en la que sólo hay un ganador claro: el lector que ahora puede acercarse a las librerías para encontrar una amplia oferta de producción española de calidad.

En este contexto, cabía esperar que Juan Miguel Aguilera tuviera una aportación memorable que realizar. El periodo de silencio transcurrido desde la aparición de La locura de Dios (1998) no ha sido tal para el autor, que entretanto firmó un guión cinematográfico (el de Stranded, fallida, pero no tan desdeñable como se ha dicho) y escribió esta novela para su publicación, directamente, en el mercado francés, donde sus libros están funcionando de manera más que satisfactoria.

¿Es Rihla, en rigor, una novela de cf o el éxito ha abierto las puertas a Aguilera -no hace tanto el epígono de la cf bona fide en España, Akasa-Puspa mediante- hacia un tipo de narración diferente? Lo primero que debo responder a esta pregunta es el tópico de que Aguilera es muy dueño de escribir lo que le dé la gana y que, como lector, sólo le pido que lo siga haciendo tan bien como hasta ahora. En cuanto a la pertenencia de Rihla a uno u otro género, confieso mi incapacidad para marcar límites ante una apuesta tan ambiciosa y original como la realizada por el autor. Tenemos una obra que -en la línea de La locura de Dios- empieza como novela histórica con regusto de desarrollos alternativos, para luego evolucionar hacia notas cada vez más oscuras y derivar en una suerte de cosmogonía aterradora, en la que se mezclan los elementos de la mitología azteca con algunos muy occidentales, y terminar en una explicación mistérica de un baño de sangre sin parangón en la historia de la humanidad. En resumen, cabría encuadrar a Rihla en el ambiguo territorio de la fantasía oscura, emparentándola quizá con la obra de Tim Powers, aunque con un aliento épico y una altura de miras que desborda los supuestos del autor californiano.

Desde un punto de vista analítico -que no tiene por qué ser el que interese al lector, pero que es el que a mí me ha llamado más la atención-, el elemento más atractivo de Rihla está en el uso inusual de herramientas literarias. En medio de la interminable contraposición -a mi juicio, estéril- entre la cf y la literatura general, Aguilera da un paso adelante desde el corazón del género: Rihla es una novela que emplea técnicas perfeccionadas en el seno de la cf para hacer una novela aparentemente histórica. La narración sigue las aventuras de Lisán Al-Aysar, un erudito de la Granada musulmana, al que las investigaciones sobre unos textos fenicios le llevan a la conclusión de que es posible encontrar un nuevo mundo del otro lado del océano. Tras varias dificultades, consigue organizar una expedición con unos piratas turcos, un piloto vizcaíno borracho y otras ruinas humanas, que cruza el mar tras diferentes penalidades para terminar naufragando en la costa mexicana. Los supervivientes, de inmediato, entrarán en contacto con las culturas precolombinas de la zona, y acaban conociendo de la forma más dolorosa sus brutales costumbres. Todo se enlazará con una trama esotérica de fondo que justifica el desarrollo de los acontecimientos, además de brindarnos una historia de amor y unas notas históricas que sirven para justificar la narración, anudando cabos sueltos del periodo en cuestión (en particular, las referencias existentes a posibles viajes a América antes de Colón).

Donde Aguilera florece sobre todo, como decía más arriba, es en el uso de herramientas de cf para su relato. En particular, por la capacidad que tiene para evocar el extrañamiento. La contacto de los musulmanes con los pueblos que nosotros llamamos resumidamente "aztecas" es, verdaderamente, el de unos seres humanos con extraterrestres incomprensibles. Como en una historia de cf, Aguilera utiliza técnicas de inmersión para mostrarnos, desde dentro, mentalidades que no tienen equivalente comprensible para el lector actual. Y va exhibiendo, con una dosificación del ritmo admirable, el horror cierto que existía en esas costumbres -lo siento por los aficionados a lo políticamente correcto: los mexicas eran unas malas bestias, así es la vida-; a la par, es capaz de colocarse en una perspectiva desde la cual las peores brutalidades resultan justificables, conforme a parámetros que nos son ajenos, pero que se sostienen en una lógica interna alienígena, pero sólida.

En otro orden de cosas, Aguilera utiliza el narrador omniscente de la novela de cf clásica de forma libérrima, encarnándose en diferentes personajes para acompañarles incluso en el momento traumático de sus muertes. Como en el entorno hostil de una novela de exploración de cf, todo es cambiante y se encuentra fuera de control. Con ello, el autor contribuye aún más al ritmo de pesadilla que impone con la adición al guiso argumental de drogas alucinógenas, batallas, descubrimientos y brujería.

Quizá el único punto débil de la novela sea que el autor, en su entusiasmo, ofrece clímax que a la postre resultan prematuros. El final de la segunda de las cuatro partes de la novela es tan poderoso, con la presentación ante los ojos de los atónitos musulmanes de esa "cultura extraterrestre" en toda su crudeza, que luego el reinicio de la acción, además con un paréntesis cronológico y la introducción de nuevas ramas argumentales, se recibe con pereza. Eso sí, Aguilera es capaz de recuperar el tono de nuevo en dirección a un final igualmente poderoso, aunque quizá de ritmo menos dosificado.

Una novela en suma intensa, vibrante, repleta de momentos de los que dejan huellas en la mente del lector. Está por aclararse si existe un propósito último de Aguilera en la creación de su cosmogonía de la sangre y el dolor, recreación a su vez de mitos y leyendas hábilmente entrelazados; no es difícil adivinar que seguirá por esta senda, explorando nuevos cabos sueltos de la historia.

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